domingo, 12 de mayo de 2019

Joven de 22 años relata su experiencia tras su paso por un centro psiquiátrico


Tengo 22 años y esta es mi experiencia ingresada durante un mes en un psiquiátrico

Me sentaba fatal que trataran de animarme diciendo: "¡Si tienes toda la vida por delante!"

Una de las ilustraciones que hice en el psiquiátrico
Una de las ilustraciones que hice en el psiquiátrico

Todavía no he escuchado a ningún especialista llamar por su nombre a lo que me ocurre. Como si el hecho de no mencionarlo me mantuviera a salvo. Sí que lo he leído en algún informe: tengo un trastorno ansiodepresivo y otro de la personalidad, lo que me provocó una depresión grave y me llevó un mes al psiquiátrico. Otra palabra, "psiquiátrico", que por cierto nadie ha pronunciado en mi presencia, como si el hecho de no mencionarlo lo convirtiera en un lugar más habitable. Pero vayamos al principio de esta historia.
En la secundaria sufrí bullying escolar. Yo era la gótica del instituto. Empezaron llamándome "¡gótica!" con voz de asco. Hasta ahí, ni tan mal. Pero luego empezaron los insultos reales, las bolas de papel, las burlas, los empujones, las tortas, las risas, la basura, más risas, las piedras.
Dejé de mirar a la gente a la cara. Acabas creándote una coraza de indiferencia y desinformación. Un día en el patio un chaval vino a decirme que le gustaban mis botas. Creía que era de la pandilla de los que se burlaban de mí, que para mí eran todos, porque, insisto, ya no les miraba a la cara. Le contesté que más le iban a gustar estampadas contra su rostro. Volvió asustado con sus amigos, pero me lo había dicho de verdad. "¿Pero qué le he hecho yo para que me hable así?", lamentaba. Le estaba devolviendo lo que me habían dado. Y me había equivocado.
Entre los 15 y los 16 años, comencé a identificar síntomas de ansiedad, sobre todo social. Me costaba mucho relacionarme con personas desconocidas y estar rodeada de más de tres me consumía mucha energía. En mi entorno eché en falta el respaldo necesario. Había quien me decía que solamente buscaba atención. Obviamente, la necesitaba, estaba pidiendo ayuda, pero estas respuestas hicieron que me saboteara a mí misma.
Por suerte, sí encontré apoyo en mi madre. "María, ¡claro que no es justo lo que te hacen!", me decía. Y continuaba: "Pero ¿qué vas a hacer? ¿Quieres dejar de ser tú o seguir siendo tú misma?". "¡Yo quiero ser yo!", contestaba llorando mocos por la nariz. Pero, de algún modo, ser yo ya se había convertido en algo malo. El estigma me había ganado.
Mi madre me animó a visitar al médico. Pero claro, en la consulta no fui capaz de explicar nada más que mi miedo a las aglomeraciones de gente. Obtuve un diagnóstico (equivocado) de agorafobia y una terapia inadecuada. Sencillamente, no comprendía bien lo que me ocurría, de modo que era imposible que acertara con las palabras para definirlo.
La siguiente escena nos lleva hasta Barcelona, adonde me marché desde Ibiza (donde nací en 1996) a una escuela de ilustración. El primer año fue la monda, porque estaba haciendo lo que me gustaba, era yo, en otro sitio, lejos de quien me había hecho daño. Pero el segundo, me di cuenta de que arrastraba las repercusiones psicológicas de mi pasado. Había días en que intentaba ser feliz, pero en otros era completamente imposible.
Esta soy yo (foto cedida por Maria)
Mi ritmo de vida tampoco ayudaba mucho. Estudiaba ilustración mientras trabajaba a jornada completa. Salía de casa a las siete de la mañana y no volvía hasta las nueve de la noche, sin tiempo para comer. Y dedicaba las últimas horas del día a mi proyecto final. Se trataba de una animación de un minuto sobre mis sueños recurrentes: inundaciones, perderme en el metro a oscuras, edificios abandonados con escaleras laberínticas... Al ser una producción manual, me había impuesto un ritmo de 100 dibujos diarios para terminar a tiempo. Solo faltaba un mes para la entrega, el último paso para obtener mi título de ilustradora, pero ya no pude más.
Al psiquiátrico
Entonces escuché la famosa frase: "¿Qué te parecería pasar tres días ingresada?". A una unidad de psiquiatría pública no entras si el tema no es realmente chungo y si no te encuentras en una de estas tres razones fundamentalmente: has perdido la noción de la realidad, supones un riesgo para los demás o supones un riesgo para ti misma. En mi caso era la última.
Con el paso del tiempo, mi actual psiquiatra, que es una crack, me dijo que aquella era una pregunta trampa, que esos "tres días" eran absolutamente improbables, que siempre es más tiempo. Al final, a mis veinte años, pasé un mes en el psiquiátrico del Hospital del Mar de Barcelona.
El psiquiatra de urgencias me dijo: "Tranquila, serás la que esté mejor de la unidad". Ah, bueno. Pulsera. Sigue a mi compañero el doctor Nosequé. Pasillos. Ascensores secundarios. Llaves. Puertas. Llaves. Pasillo de "la unidad psiquiátrica". "Estas son las enfermeras Nosequién y Nosecuál". "Hola, ¿cómo te llamas? Danos el bolso. ¿Puedes quitarte el pañuelo, colgante, pendientes, cinturones, cintas, cuerdas de cualquier tipo...?". Un pijama azul muy grande. Gente gritando. Esto es el puto psiquiátrico. Si esta descripción suena tal y como te imaginabas un psiquiátrico, es porque era un psiquiátrico.
Lo primero, me quedé tiesa esperando instrucciones de alguna enfermera malvada. Pero antes pasaron por el pasillo dos locos (no lo digo en plan despectivo, porque yo también estaba loca, aún lo estoy y lo seguiré estando), que me preguntaron: "¿Eres nueva?". Les dije que sí, y ellos respondieron: "Nos vamos a comer pipas mirando a la playa, ¿te vienes?". El Hospital del Mar tiene unas vistas muy guapas desde la octava planta.
Así empezó mi mes en el psiquiátrico. No había enfermeras ni psiquiatras malvadas, pero sí muchísimo tiempo libre. No faltaban actividades, claro que siempre organizadas desde el colectivo zumbao, no por los médicos. Nos levantábamos a las ocho, tomábamos pastillas, desayunábamos (era la única comida comestible del día), esperábamos en la sala común para hablar un rato con nuestro psiquiatra (un rato que invariablemente me parecía demasiado poco), engullíamos pipas mirando el mar, pintábamos mandalas, jugábamos al dominó hasta la hora de comer, nos tomábamos más pastillas, esperábamos las dos horas de las visitas externas (a mí me las quitaron) y, si teníamos permisos (también me los quitaron), salíamos fuera con ellos. Cenábamos, si se le podía llamar así, y podíamos quedarnos despiertos hasta las once, que es cuando te daban las últimas pastillas con un zumo, quizás para endulzar la impresión de haber ingerido 12 pastillas en un solo día.
En cuanto al paisanaje, yo no era ni de lejos la única chica joven de la unidad. El psiquiátrico es como la vida real, solo que con mucho menos espacio vital. A los otros pacientes los veía bien, con un poco de astigmatismo, pero bien. Convivir con gente tan distinta en un espacio tan pequeño enseña mucha tolerancia. Y también sirve para hacer buenas amigas.
Recuerdo con mucho amor los ratos que pasaba con Emma, una chica joven. Fue la revolución del psiquiátrico: lo animó todo, al menos para mí. Me hacía peinados superbonitos, venía a escondidas a mi cuarto con ropa suya para conjuntarla con la mía, me maquillaba y me dejaba fantástica. Escuchábamos música juntas y nos lo pasábamos bien en un entorno más bien negativo. Siempre me sorprendían su fuerza y su actitud increíbles.
Pero claro, no todo son perlas. A mi juicio, en el psiquiátrico había una ratio elevadísima de pacientes. Ojalá los trabajadores dispusieran de los medios necesarios para una atención en condiciones, que era bastante desigual de unos a otros. Había un auxiliar de enfermería muy majo, que incluso nos trataba como gente normal, fíjate. Pero había otros que transmitían condescendencia. Cuando le dije entre lágrimas a una trabajadora que me sentía especialmente mal, ella me respondió: "Pero mujer, ¡no estés triste! Si eres muy joven, ¡tienes toda una vida por delante!". Pero es que ese era precisamente mi problema. Es lo último que deberías decir a una depresiva grave-grave...
Tampoco era plenamente consciente de lo que me ocurría. Entiendo que habrá razones importantes para que la información se nos administre con cautela. Por ejemplo, que no nos encasillemos en ciertas definiciones que suenen a sentencia. Pero disponer de información, desde mi experiencia, también nos permite saber que alguien nos ha escuchado. Que lo que hacían conmigo lo hacían por algo. Que esto le pasa a más gente. Que no estaba sola. Es necesario un mejor equilibrio entre la información que necesita el paciente y la que se reserva a la familia.
Sea como sea, en ese tiempo no llevé a cabo el objetivo que me había llevado a urgencias, que es lo importante. Y otra cosa casi igual de importante: ¡Salí de ahí con un diagnóstico! Era algo completamente nuevo para mí. No me lo dijeron de palabra —prefirieron comunicárselo a mis padres en privado—, pero después de un mes encerrada, sin saber muy bien por qué, hasta cuándo, ni cómo, leer lo que me ocurría me proporcionó un alivio enorme.
Obviamente, en el psiquiátrico no seguí con mi ritmo de 100 dibujos diarios para terminar mi proyecto de ilustración. Es más, allí no podía tener sacapuntas, lo que me obligaba a pedir a los enfermeros, encerrados en sus despachos, que por favor sacaran punta a mi lápiz cada vez que se acababa. Pero, aun con esas limitaciones, dibujaba a los pacientes, las visitas, la unidad y las cosas que soñaba por las noches.
Otra de mis ilustraciones del psiquiátrico
Al final, esa colección de dibujos acabó convirtiéndose en mi proyecto final para convertirme en ilustradora. Y más adelante, acabó convertido en mi primer libro: Duermo mucho. Desde que se publicó, eso sí, ya no duermo tanto porque lo estoy petando (es broma, sigo durmiendo mi mínimo de 12 horas diarias, gracias a Dios).
Después de mi mes de estancia en el psiquiátrico, regresé a mi casa. Robé el pijama del psiquiátrico porque cuando me fui aún no estaba curada. Y lo seguí llevando en casa hasta que sentí que había mejorado. Eso sí, eso no significa que esté totalmente bien. Ojalá no tenga que convivir con esto toda la vida, aunque me temo que nunca me lo quitaré del todo.
Cada persona es un mundo y llegar a una solución adecuada cuesta una barbaridad. Yo aún sigo trabajando en la búsqueda de herramientas para llevar mi condición de la mejor manera posible. Hasta el momento, me han recetado una combinación de pastillas que me hace sentir bien. Y también he descubierto que necesito independencia. ¡La soledad me genera un bienestar tremendo! También he encontrado a la mejor doctora del barrio. Se ríe mucho, le quita hierro al asunto, me habla sin compadecerse y salgo renovada de sus sesiones. ¡Y tiene un dibujo mío colgado en su consulta! ¡Cómo los pediatras con los niños!
En general, sería bueno que revisásemos nuestras posiciones y principios. Me costó mucho aceptar que estaba loca. Y demasiadas personas me hicieron sentir mal por algo que no controlo. Por suerte, también me rodeaba de gente con un poco de cabeza, y me ayudaron para entender que tener tres o cuatro trastornos mentales no es culpa mía.
Es duro decirlo, pero he aprendido que la vida no es tan buena como la pintan. Porque nos la pintan con una salud mental que se da por supuesta y que, incluso cuando la tienes, tampoco garantiza un bienestar estable. Todo es bastante más complicado de lo que parece.
Maria Manonelles es la autora de Duermo mucho (Fragile Movement).
La portada de mi libro

lunes, 22 de abril de 2019

Mujer con meningitis fue diagnosticada con enfermedad mental en Hospital Central de Asturias y luego fallece



Andreas murió de meningitis tras 75 horas atada en la unidad psiquiátrica del Hospital Central de Asturias

Un juez ultima la investigación penal por el fallecimiento de una mujer de 26 años diagnosticada por error de una enfermedad mental




Andreas Fernandez Gonzalez
Aitana Fernández González, fotografiada ante el hospital público de Oviedo donde falleció su hermana Andreas en 2017. PACO PAREDES

La última vez que Aitana vio a su hermana Andreas Fernández González con vida fue el lunes 24 de abril de 2017. “Beatriz Camporro, la doctora que estaba al cargo de Andreas, me cogió del brazo y me dijo: ‘Tu hermana es joven, tendrá que luchar por su vida”, recuerda Aitana. Andreas había ingresado en la unidad psiquiátrica del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) el viernes anterior. “Ahí supe que algo iba mal. Nadie muere, de repente, por un problema de salud mental”, añade Aitana.



Horas después, Andreas falleció. La autopsia reveló que su muerte se produjo por una meningitis linfocitaria sumada a una miocarditis. Ambas habrían sido consecuencia de una infección grave que no se diagnosticó ni trató adecuadamente, ya que fue considerada paciente psiquiátrica. Durante la mayor parte del ingreso —casi cuatro días—, Andreas estuvo atada a la cama. Su familia no pudo visitarla porque el hospital no lo permitió.
Según Aitana, Andreas debió ingresar en la UCI del hospital público, no en la unidad de psiquiatría. “Fuimos varias veces a urgencias porque ella tenía amigdalitis aguda y porque empezó a oír ruidos en su cabeza. Cuando vieron en los antecedentes familiares que mi madre tiene esquizofrenia, dieron por hecho que Andreas también tenía una patología mental. En realidad se estaba muriendo por una meningitis, que era la que causaba los ruidos que escuchaba. No hicieron nada para salvar su vida y por eso he denunciado a siete médicos por la vía penal, acusados de homicidio por imprudencia profesional grave”, afirma Aitana.




CRONOLOGÍA DEL CASO


Abril de 2017: Desde principios de mes, Andreas Fernández González, de 26 años, acude en varias ocasiones al ambulatorio. Le diagnostican amigdalitis aguda.
Martes 18 de abril: Andreas acude dos veces al Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). Primero, de madrugada, por la amigdalitis. Regresa por la tarde porque “escucha ruidos”. El informe de esta segunda consulta en urgencias reitera la amigdalitis aguda y placas pustulosas, pero incluye los antecedentes psiquiátricos de la madre de Andreas.
Miércoles 19: Andreas acude de nuevo por “cuadro de ansiedad”.
Jueves 20: Andreas regresa al HUCA. A las 22.58 ingresa de manera voluntaria en la unidad de psiquiatría.
Viernes 21: Por la mañana, Andreas dice que quiere irse. La psiquiatra responsable del caso de Andreas considera necesario que siga internada por su estado de agitación, así que el ingreso se torna involuntario y se prescribe contención mecánica a las 13.38. Esta situación de privación de libertad se mantendrá desde esta hora hasta la muerte de Andreas.
Sábado 22: El hospital comunica al juzgado de guardia el ingreso involuntario de la paciente a las siete de la tarde. Aunque esto, además de la contención mecánica, se había aplicado a las 13.38 del día anterior. Han pasado algo más de 30 horas, pese a que la ley obliga al hospital a informar antes de 24.
Domingo 23: El forense de guardia visita a Andreas para valorar el ingreso involuntario. 
Lunes 24: El forense que había visitado a Andreas el día anterior para valorar el ingreso involuntario emite su informe favorable a la decisión del hospital. A primera hora de la tarde, Andreas entra en parada cardíaca y fallece a las 17.17.
Martes 25: La jueza firma el informe elaborado por el forense sin saber que la paciente había fallecido el día anterior.

Aitana, de 23 años, presentó una denuncia tras la muerte de su hermana. “Mi primer abogado quería ir por la vía administrativa. Decidió no aportar el historial clínico, por lo que la juez determinó que se trataba de una muerte natural y el caso se cerró. Pero yo quería ir por la vía penal”. Así, Aitana, junto a una nueva abogada, Alejandra Gutiérrez, consiguió que el caso se reabriese en febrero de 2018: “Entonces sí presentamos la historia clínica completa y pedimos que declarasen los siete denunciados”, señala la letrada.
Andreas tenía 26 años cuando falleció el 24 de abril de 2017, era licenciada en Psicología y estaba opositando. “A principios de abril mi hermana empezó a encontrarse mal. Yo estaba de viaje y me escribía whatsapps diciendo: ‘Aitana, estoy muy malina’. En el ambulatorio le diagnosticaron una amigdalitis aguda y le pautaron antibióticos. Cada vez estaba peor. Cuando volví de viaje, como en el ambulatorio siempre le decían lo mismo, fuimos a urgencias del HUCA”.
La primera vez que Andreas acudió al HUCA fue en la madrugada del martes 18 de abril. El informe médico de ese día apunta que tenía “fiebre y amigdalitis desde hacía dos semanas” y que estaba tomando amoxicilina. Además de tener picos de fiebre, el análisis de sangre mostraba valores muy por encima de lo normal de la proteína C reactiva, de los leucocitos y de los neutrófilos.
Ese mismo día, por la tarde, Andreas volvió. Esta vez oía ruidos. “Refiere escuchar barullo, la alarma del móvil...” pero “haciendo crítica de irrealidad”, reza el informe. “En una persona previamente sana con un cuadro de alucinaciones auditivas de nueva aparición, es necesario descartar patología orgánica. Más aún si ese cuadro va acompañado de una infección, fiebre y leucocitosis con neutrofilia. Lo indicado en estos casos es realizar un hemograma, bioquímica, detección de drogas y una prueba de imagen (TAC)”, apunta una médica de urgencias que prefiere mantenerse en el anonimato. El informe reitera la amigdalitis aguda y placas pustulosas, pero incluye los antecedentes familiares como posible explicación a los ruidos que escuchaba y al estado de nerviosismo que presentaba: “Madre con esquizofrenia, padre con depresión mayor”, indica el documento médico.

Ruidos no reales

“Mi hermana sabía que esos ruidos no eran reales. Pesaron mucho más los antecedentes familiares que una posible enfermedad orgánica”, explica Aitana. El psiquiatra José María Fernández, excoordinador del Área de Salud Mental de Asturias, señala que “nunca se puede valorar la psicopatología que pueda tener una persona por lo que haya pasado a los familiares". Y añade: "En salud mental se necesita tiempo para valorar. Una alucinación puede deberse a distintos factores, algunos de ellos orgánicos”.
Tras recibir el alta, Andreas acudió de nuevo el miércoles de madrugada. ¿El motivo? “Cuadro de ansiedad”, según el informe. Se fue y volvió al día siguiente, el 20 por la noche: “Esos días mi hermana ya estaba muy nerviosa. Se notaba mal, desganada. Empezó a oír ruidos y no le hacían ninguna prueba. Cuando la vio la psiquiatra de guardia y dijo que la ingresaría en psiquiatría, a mi hermana le pareció bien porque pensaba: ‘Quiero estar protegida en un hospital, me harán las pruebas necesarias, verán que es algo orgánico y por fin sabrán qué me pasa”, señala Aitana. El diagnóstico de ingreso en la unidad de psiquiatría —informe que incluye de nuevo el antecedente materno de esquizofrenia— es de “episodio disociativo y personalidad frágil”.
A pesar de que Andreas ingresó voluntariamente, al día siguiente —viernes 21 por la mañana—, quiso irse. “Comienza una escalada de gritos y quejas. Da patadas en la puerta y exige que la dejemos irse. Imposible tener una conversación con ella”, apunta el informe médico. Y ahí es cuando el ingreso voluntario se tornó involuntario y se prescribió contención mecánica (atar a un paciente).
“Ese día llamé al hospital. La psiquiatra Beatriz Camporro, que estaba al cargo de mi hermana, me dijo que le habían aplicado contención mecánica. Yo quería sacarla de allí, pero me dijo que la potestad sobre ella ahora la tenía el hospital”, explica Aitana.
Este periódico ha tratado de conocer la versión de Camporro sobre el caso de Andreas y sobre los protocolos en la unidad de psiquiatría, ya que además es la directora del Área de Salud Mental. Ha rehusado hablar. También Pablo Muñiz, director del HUCA, y José Ángel Arbesú, responsable de coordinación de Salud Mental de Asturias, han rechazado hablar. El comité de ética del HUCA, encargado de analizar la labor asistencial a los pacientes, no ha respondido.
El resto de médicos denunciados tampoco ha hecho declaraciones. Su representante legal, Javier Álvarez, abogado de todos ellos, ha explicado que la de Andreas es “una muerte súbita, como puede haber muchas”. “Cuando es una persona joven es más desgraciado, pero la vida es así. No hay ninguna negligencia médica”, añade Álvarez.
Andreas permaneció atada a la cama desde el viernes 21 —a las 13.38, según el informe médico— hasta el momento de su muerte, el lunes 24 de abril a primera hora de la tarde. Es decir, unas 75 horas seguidas sin poder moverse. El psicólogo Emilio López Navarro, cuya tesis doctoral critica el trato que se da a los pacientes con diagnósticos de salud mental, apunta que “el reflejo humano es escabullirse o revolverse cuando quiere hacer un movimiento y no le dejan: la contención mecánica es una barbaridad, sobre todo si es prolongada en el tiempo”. Según la autopsia, Andreas sufrió erosiones en los codos al intentar liberarse de las ataduras.
Según la Ley de Enjuiciamiento Civil, el hospital tiene obligación de informar al juzgado competente lo antes posible del ingreso involuntario (así como de cualquier medida que suponga la privación de libertad del paciente, como sería la contención mecánica), pero siempre en un plazo máximo de 24 horas. Según consta en los documentos aportados durante la fase de instrucción, el hospital no informó hasta el sábado a las siete de la tarde, cuando habían transcurrido alrededor de 30 horas desde que el ingreso de Andreas se tornase involuntario y de que fuese atada a la cama, excediendo así el plazo que marca la ley. El forense que evaluó a Andreas acudió el domingo 23 y emitió su informe favorable a la decisión del hospital la mañana del día siguiente. La juez firmó la autorización el martes 25, sin saber que Andreas había fallecido el día anterior. “El hospital ni siquiera avisó al juzgado de que mi hermana había muerto”, apunta Aitana.
El viernes por la noche, Andreas llega al nivel de “postración” por efecto de la medicación (antipsicóticos y antidepresivos), según recoge el informe médico. “El agua le cae por las comisuras de los labios, no traga, no responde a estímulos verbales”, figura en el documento.
El sábado 22, Andreas pasó prácticamente todo el día dormida y febril, según el informe. El domingo, también: “Se encuentra muy somnolienta, no responde a estímulos verbales ni táctiles. No es posible realizar entrevista”, señala en el informe la psiquiatra de guardia del domingo, quien pidió un TAC y una analítica. “Ese domingo llamé y pedí hablar con la psiquiatra de guardia. Le dije: ‘Por favor, hacedle alguna prueba. Tiene algo orgánico’. Esto se lo decíamos a los médicos. La psiquiatra me dijo, por fin, que iba a pedir un TAC. En teoría, se lo iban a hacer el lunes 24, pero ya fue muy tarde. Si se lo hubiesen hecho el domingo, habrían visto que tenía meningitis y mi hermana quizá seguiría viva”, relata la hermana.

Luchar por su vida

El lunes por la mañana Aitana acudió al hospital: “Cuando llegué, Beatriz Camporro, que había vuelto tras el fin de semana, me dijo que le diese un beso a mi hermana. Y que Andreas tendría que luchar por su vida. Me dio un ataque de ansiedad y me tiré al suelo. Le decía: ‘¿Qué habéis hecho? ¡Os dije que tenía algo orgánico!’. Ella me dijo: ‘Aquí no estamos para tratarte a ti, sino para tratar a tu hermana”.
Aitana se fue a casa tras despedirse de Andreas sin saber que ya no volvería a verla viva. Horas después, sonó el teléfono: Andreas estaba en parada cardiaca. “No estaba monitorizada, así que tardaron media hora en darse cuenta de que estaba en parada”.
El proceso está en fase de instrucción a la espera del informe forense final. Hay siete médicos denunciados e investigados por “homicidio por imprudencia profesional grave” que ya han declarado en el juzgado: “Hubo una dejación total de funciones. No es que pusiesen medios para ver qué le pasaba y aun así no diesen con la causa. Es que no le hicieron pruebas, a pesar de que ella siempre decía que tenía algo orgánico”, relata Aitana. “Cuando la gente sabe que una persona tiene un problema psiquiátrico, ya no la ve del mismo modo. Y los profesionales, tampoco. No es lo mismo que proteste alguien que no tiene nada a que lo haga alguien con un diagnóstico de psicosis. Le restamos credibilidad”, valora el psiquiatra José María Fernández.
Han pasado dos años, pero es abril de nuevo. Sentada en el mismo piso que compartía con su hermana, Aitana se pregunta qué podría haber hecho ella para que nada de esto hubiese ocurrido. Pero la respuesta es siempre la misma: “Fue el ego de los médicos lo que pudo con la vida de mi hermana”.




LA FAMILIA, A LA ESPERA DEL INFORME FORENSE


El proceso judicial abierto a raíz de la denuncia de la familia de Andreas Fernández González, fallecida con una meningitis y atada a la cama del hospital, se encuentra ahora mismo en fase de instrucción. Desde que el caso fuese reabierto en febrero de 2018 y la denuncia admitida a trámite, los siete médicos denunciados por negligencia han declarado en calidad de investigados, así como también han declarado varios testigos, entre ellos el forense que evaluó el ingreso involuntario de Andreas en la planta de Psiquiatría del Hospital Universitario Central de Asturias. Las declaraciones en el juzgado se llevaron a cabo entre mediados y finales de 2018. Desde ese momento, el equipo de forenses del juzgado está elaborando un informe que determinará si hubo negligencia por parte de los denunciados y qué grado de responsabilidad (si es que la hay) tiene cada uno.
Tanto la denunciante como los investigados están a la espera de dicho informe pericial, tras el cual, el proceso seguiría su curso.

https://elpais.com/sociedad/2019/04/18/actualidad/1555612101_291957.html

domingo, 16 de diciembre de 2018

Denuncian a Psiquiatra de Hermilio Valdizan por tocamientos indebidos








Madre de adolescente afirma que llevó a su hija por caso de bullying y luego el hombre las citó a su consultorio personal. El médico dio su descargo y niega acusaciones.
Una madre de familia denuncia que su hija de tan solo 14 años de edad habría sido víctima de tocamientos indebidos por parte de un psiquiatra al interior de su consultorio en el distrito de Ate Vitarte.

La denunciante revela que llevó a la menor de emergencia al Hospital Hermilio Valdizán con el fin que pueda ser asistida por las consecuencias del bullying que sufrió en el colegio. Fue ahí que conoció a Gustavo Santos, un médico residente que luego de evaluarla le recomendó su consultorio personal para seguir con el tratamiento. Cada sesión costaría treinta soles.

El día de la cita, la madre afirma que extrañamente el especialista habría cerrado con seguro la puerta donde atendía a su hija por un lapso de hasta dos horas. No obstante, ella sospechó de dicha actitud, por ello cuando la adolescente salió de la consulta le preguntó qué era lo que había pasado y la escolar le confirmó que sufrió tocamientos indebidos por parte del galeno.
“Yo no hice nada, porqué me hizo tanto daño. Yo fui para que me ayudara, yo no fui para que él se quisiera aprovechar de mi situación (...) El doctor me dijo que me iba a pesar y me dijo que me desvistiera, luego me dijo que me echara a la camilla ”, reveló la menor a ATV Noticias.
Tras este evento, la adolescente regresó al Hospital Hermilio Valdizán en la búsqueda de otro especialista, sin embargo, se cruzó con Santos, quien al ser encarado por la madre de la jovencita negó las acusaciones y hasta se habría reído.


La denuncia ya fue interpuesta contra el psiquiatra y por lo pronto la Fiscalía ya citó a la agraviada para que pueda pasar por la cámara Gessell en la que se tomarán sus declaraciones.
Por su parte, el Hospital Hermilio Valdizán envió un comunicado al citado medio en el que aseguraron que el médico acusado ha sido suspendido mientras duren las investigaciones del caso, el cual ya ha sido remitido al Colegio Médico del Perú y al Comité Nacional de Residentado Médico para que tomen las medidas correspondientes.

El médico responde

En tanto, el psiquiatra sindicado se comunicó con el programa ATV Edición Matinal y negó las acusaciones aduciendo que dentro de la denuncia presentada existen datos brindados por la madre que caen en la irregularidad como la fecha en la que se dio la cita ya que según Santos aquella fue el 21 de octubre y no el 22 como asegura la señora. Asimismo, cuestionó que la denuncia se haya realizado un mes después de los presuntos tocamientos indebidos.
Por otro lado, el especialista negó que haya cerrado la puerta de su consultorio con seguro ya que esta no cuenta con pistillo.
Finalmente, Santos reveló que la primera vez que tuvo contacto con la menor en el Hospital Hermilio Valdizán, ella ya presentaba llanto desconsolado y todo se debería a violencia intrafamiliar y no a bullying como detalla la madre.
El galeno anunció que iniciará medias legales contra la denunciante ya que considera que se ha mancillado su nombre y carrera profesional.






https://larepublica.pe/sociedad/1374641-ate-vitarte-adolescente-denuncia-tocamientos-indebidos-psiquiatra-hospital-hermilio-valdizan-video